¿Alguna vez han escuchado que las serpientes pequeñas son más venenosas que
las grandes? Yo recuerdo haberlo escuchado varias veces, pero recuerdo en
particular una en que me lo dijo Marly, nuestra empleada de toda la vida, y
probablemente la segunda mujer más importante en mi crianza. Yo no pude sino
burlarme, en medio de mi culta ignorancia, diciendo que eso era técnicamente
imposible. Y ella me repetía que no, que era cierto, que era lógico. Para mí no
era lógico así que no le creí nada y se quedó como una anécdota más en la que
alguien me decía una burrada fácilmente refutable.
Bueno, sucede que este aparte de sabiduría popular es bastante acertado, y
hace unos días me explicó un amigo el porqué. Las víboras, al crecer, aprenden
a usar su veneno de manera más sabia, según lo requiera la ocasión. Si es para
alimentarse, usan apenas la cantidad que la presa requiera, y si lo que necesitan es defenderse, sólo
muerden sin inyectar veneno, conscientes de que una mordedura duele y espanta
bien, y de que podrían necesitar el veneno más adelante. No desperdician una gota de su preciado veneno.
Ahora bien, las pequeñas (o “jóvenes”)
aún no han aprendido a racionar su veneno en función de la situación, y suelen
hacer un uso muy poco práctico de él. Entonces la cuestión no es que sean más
venenosas, sino que, ante la menor provocación, liberan todo el veneno que
tienen disponible, cosa que, paradójicamente (o no tanto), las deja desprotegidas. En eso se parecen a muchas personas.
La pequeña charla sobre biología tiene un propósito, no crean que vine aquí
a hacerme la culta nada más.
Yo vengo a transmitirles una analogía bien interesante que me planteó mi
amigo. Daniel se llama él, y es de esas poquitas personas con las que puedo
hablar muchas horas de muchas cosas sin aburrirme, aunque no lo veo muy
seguido. En fin, le estaba contando de mi muy horrible y muy duradera tusa,
despecho, o como quieran llamarlo. Le decía que era mi primer amor y no puedo
vivir sin él, lloro, me deprimo y bla bla bla. Entonces él me puso las cosas
así: las personas, en nuestra experiencia frente al amor, somos muy parecidos a
las víboras. En nuestros primeros encuentros frente a él, permitimos que las
reacciones químicas de nuestro cuerpo se produzcan de manera descontrolada,
llenándonos de oxitocina y dopamina, entre otras, que nos dejan básicamente
borrachos y drogados. En palabras más arjonescas, entregamos cuerpo y alma al
borde de un precipicio que nos miente en un beso, o alguna metáfora idiota por
el estilo. Al permitir semejante descarga de sustancias químicas, haciéndonos sentir tan felices y plenos, nos hacemos adictos. Y la tusa es, tal
cual, síndrome de abstinencia de la peor
clase. La desintoxicación que sigue a un amor de estos es brava, muy fuerte. Pero es eso al fin y al cabo, una desintoxicación, una liberación de sustancias innecesarias en el cuerpo y no la muerte de una parte del alma, aunque se parezca más a lo último. No
es que duela menos viéndolo desde el punto de vista racional; lo que pasa es
que así tenemos la certeza de que va a pasar y en algún punto todo será mejor, simplemente porque es el curso natural de las cosas.
Nos parecemos a las viboritas en que entregamos todo lo que tenemos, nos
ponemos completamente vulnerables ante alguien y cuando las cosas no resultan
de la mejor manera, el dolor es de lo más insoportable. Incluso aunque no
quieran lastimarnos, el habernos puesto en esa posición casi garantiza que nos
estrellemos durísimo contra el mundo Pero también nos parecemos, o así debería
ser, en que vamos creciendo y aprendiendo a racionar nuestro veneno, nuestro
amor, nuestras hormonas emborrachadoras y apendejantes. No permitimos que
nuestro cuerpo libere tanta vaina que nos nubla el juicio, y vamos entregando
según la situación lo amerite, porque puede que lo necesitemos para después. O
puede que no, y sigamos solitarios, deprimidos y forever alone. O no, no me hagan caso.
Adieu.
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