lunes, 3 de octubre de 2011

Veneno


¿Alguna vez han escuchado que las serpientes pequeñas son más venenosas que las grandes? Yo recuerdo haberlo escuchado varias veces, pero recuerdo en particular una en que me lo dijo Marly, nuestra empleada de toda la vida, y probablemente la segunda mujer más importante en mi crianza. Yo no pude sino burlarme, en medio de mi culta ignorancia, diciendo que eso era técnicamente imposible. Y ella me repetía que no, que era cierto, que era lógico. Para mí no era lógico así que no le creí nada y se quedó como una anécdota más en la que alguien me decía una burrada fácilmente refutable.
Bueno, sucede que este aparte de sabiduría popular es bastante acertado, y hace unos días me explicó un amigo el porqué. Las víboras, al crecer, aprenden a usar su veneno de manera más sabia, según lo requiera la ocasión. Si es para alimentarse, usan apenas la cantidad que la presa requiera,  y si lo que necesitan es defenderse, sólo muerden sin inyectar veneno, conscientes de que una mordedura duele y espanta bien, y de que podrían necesitar el veneno más adelante. No  desperdician una gota de su preciado veneno. Ahora bien, las  pequeñas (o “jóvenes”) aún no han aprendido a racionar su veneno en función de la situación, y suelen hacer un uso muy poco práctico de él. Entonces la cuestión no es que sean más venenosas, sino que, ante la menor provocación, liberan todo el veneno que tienen disponible, cosa que, paradójicamente (o no tanto), las deja desprotegidas. En eso se parecen a muchas personas.
La pequeña charla sobre biología tiene un propósito, no crean que vine aquí a hacerme la culta nada más.
Yo vengo a transmitirles una analogía bien interesante que me planteó mi amigo. Daniel se llama él, y es de esas poquitas personas con las que puedo hablar muchas horas de muchas cosas sin aburrirme, aunque no lo veo muy seguido. En fin, le estaba contando de mi muy horrible y muy duradera tusa, despecho, o como quieran llamarlo. Le decía que era mi primer amor y no puedo vivir sin él, lloro, me deprimo y bla bla bla. Entonces él me puso las cosas así: las personas, en nuestra experiencia frente al amor, somos muy parecidos a las víboras. En nuestros primeros encuentros frente a él, permitimos que las reacciones químicas de nuestro cuerpo se produzcan de manera descontrolada, llenándonos de oxitocina y dopamina, entre otras, que nos dejan básicamente borrachos y drogados. En palabras más arjonescas, entregamos cuerpo y alma al borde de un precipicio que nos miente en un beso, o alguna metáfora idiota por el estilo. Al permitir semejante descarga de sustancias químicas, haciéndonos sentir tan felices y plenos, nos hacemos adictos. Y la tusa es, tal cual, síndrome de abstinencia de la peor clase. La desintoxicación que sigue a un amor de estos es brava, muy fuerte. Pero es eso al fin y al cabo, una desintoxicación, una liberación de sustancias innecesarias en el cuerpo y no la muerte de una parte del alma, aunque se parezca más a lo último. No es que duela menos viéndolo desde el punto de vista racional; lo que pasa es que así tenemos la certeza de que va a pasar y en algún punto todo será mejor, simplemente porque es el curso natural de las cosas.
Nos parecemos a las viboritas en que entregamos todo lo que tenemos, nos ponemos completamente vulnerables ante alguien y cuando las cosas no resultan de la mejor manera, el dolor es de lo más insoportable. Incluso aunque no quieran lastimarnos, el habernos puesto en esa posición casi garantiza que nos estrellemos durísimo contra el mundo Pero también nos parecemos, o así debería ser, en que vamos creciendo y aprendiendo a racionar nuestro veneno, nuestro amor, nuestras hormonas emborrachadoras y apendejantes. No permitimos que nuestro cuerpo libere tanta vaina que nos nubla el juicio, y vamos entregando según la situación lo amerite, porque puede que lo necesitemos para después. O puede que no, y sigamos solitarios, deprimidos y forever alone. O no, no me hagan caso.

Adieu. 


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