Ahí es cuando haces falta tú en mi cama, para abrazarme, consentirme el pelo, llamarme por apodos dulces y recordarme que puedo con cualquier cosa porque tú crees en mí. O sólo para amarnos en silencio, y que mi alma y mi corazón se llenen tanto de ti que no haya espacio para mi recurrente depresión. Porque es recurrente, porque es más recurrente desde que no estás y lo sabes.
No es tu culpa, yo era así antes de que tú llegaras y lo sería si nunca hubieras estado aquí. Pero te extraño, porque contigo cerca se me olvidaba estar triste, se me olvidaba ser impaciente y odiar a la humanidad. Se me olvidaba la procrastinación, porque quería demostrarte que mi futuro era prometedor y que así quisieras incluirte en él. Se me olvidaba que todo es efímero, porque no lo parecía. Sobre todo, se me olvidaba cuestionar el mundo, cuestionar mi vida, cuestionar la relatividad y la subjetividad de las cosas. No lo necesitaba. No me importaba. Lloraba mucho, claro que sí, pero era causado por un rango tan amplio de emociones que ambos aprendimos a aceptar mis cotidianas lágrimas. Y nadie más lo hace.
Por eso te necesito.
Y por eso te odio, porque me hiciste cursi.
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